La nueva circunstancia tecnológica nos impele a construir una estética de la confrontación que nos permita contrarrestar otra de las funciones más sutiles de los LLM, la lógica afectiva. Se necesita priorizar la actitud crítica sobre la complacencia, la responsabilidad del actor humano sobre lo algorítmico.
La herencia de la lógica afectiva se asienta en las redes sociales, en el capitalismo de vigilancia descrito por Zuboff (2019), que absorbe no solo nuestros datos, sino también nuestros hábitos y afectos en la red.
En la recompensa que nos devuelve el sistema se esconde la paradoja de nuestra era: nos vuelve cada vez más dependientes y necesitados del uso de las herramientas digitales. En el caso particular de los LLM, se minimiza la fricción y se maximiza la lisonja, la mano que da es la misma que nos usa en su beneficio.
En este escenario una sensibilidad crítica más robusta no solo se hace necesaria, sino que debería ser una competencia de los tiempos actuales.
La batalla por el significado
La falta de un lenguaje preciso para nombrar esta nueva dinámica nos conduce al tropo y a la pérdida de la responsabilidad o en su haber a una responsabilidad distribuida irrisoria. En este sentido, un caso paradigmático es el del artista Jason Allen que aun cuando recibe un premio importante por su obra Théâtre D’opéra Spatial, la discusión pública desvía su atención a la herramienta sugiriendo que la autoría le corresponde al algoritmo, es decir se distribuye la agencia al considerar a ASGA como un ente cognitivo y no como el emulador eficiente que es, en su condición de herramienta.
Al desempeño de Allen como sujeto curador no se le presta atención. Se pasa por alto que estamos en presencia de un nuevo fenómeno: el arribo de una estética emergente, que está cambiando el paradigma, y para la cual aún no tenemos una definición clara, ni una educación pertinente y mucho menos una regulación que establezca el marco autoral, la responsabilidad del sujeto curador y el reconocimiento de una herramienta abductiva análoga-funcional cuyo único fin es hacer más productiva la existencia humana.
Y cuando nos referimos a una estética emergente esta tiene que ver con la creación de productos y servicios; y de arte en el sentido más amplio donde el humano hace uso de la inteligencia algorítmica con un fin creativo o de producción de objetos de uso, tangibles o no. Contempla, además el gusto o el rechazo de ese ese resultado al ser puesto al servicio de otros. Y no tiene que ver con el uso exclusivamente personal de la inteligencia algorítmica.
Esta falla lingüística, educativa, regulatoria, es peligrosa porque la batalla actual es por la narrativa. El discurso corporativo, con su arsenal de tropos sobre «magia», «conciencia» y «progreso inevitable», está ganando la «elección» en la mente del público, ocultando la realidad material, descartando el papel crítico que desempeña el sujeto curador, obviando la necesidad de educar a la sociedad en un tema necesario por cuanto mueve a la sociedad toda. Se valida así la tesis de la ensayista Yamilet Blanco cuando afirma en Reconstruirnos (2025) que «quien controla las palabras, controla la realidad». Si no podemos nombrar con precisión al CFD o la poética vectorial abductiva, no podemos pensarlos con claridad. Y, como concluye Blanco, «si no puedes pensarlo, no puedes cuestionarlo». Y si no nombramos correctamente, fallamos en la educación y por ende cultivamos el sesgo de la desregulación y multiplicamos sus consecuencias.
El sujeto curador como agente de la nueva estética
En el campo de las artes se vislumbra que, así como coexisten distintos tipos de formas, géneros y gustos, en el futuro coexistirán, en cuanto a arte producido por la inteligencia algorítmica, diferentes sensibilidades: la del Resistente, que seguirá valorando únicamente el arte de origen humano, no híbrido; la del sujeto Delegante que se conformará con encomendar, copiar y pegar las abducciones análogo-funcionales resultantes; y la del Curador y su público, una nueva comunidad que encontrará valor en la mente del curador, es decir en su habilidad y competencia para crear un producto provocador, estéticamente distinto porque habrá sido capaz de utilizar al máximo las potencialidades abductivas de la máquina. Estamos, entonces, en presencia de una nueva manera de valorar y de disfrutar el arte. La semilla ya está ahí.
El caso Allen demuestra la urgencia de delinear la figura que representa esta nueva estética y que puede ganar la batalla por el significado: el Sujeto Curador.
El sujeto curador es un artista en el sentido amplio: un director que diseña, guía y asume la responsabilidad del resultado final. Sus competencias incluyen:
La instrucción precisa: Como experto en su campo, da orientaciones precisas a través de un prompt dominado con maestría, no busca per se el engagement sino la manifestación artística exponencial, plena.
La interpretación crítica: Aplica la estética de la confrontación al CFD, lo valida, lo contextualiza y lo refina iterativamente.
El cuidado y la responsabilidad: Inspirado en la raíz curare (cuidar), protege al ecosistema de significados contra la desinformación y los sesgos.
La búsqueda de lo exquisito: Su impronta es la búsqueda de lo satisfactorio, no solo de lo eficiente o de la perfeción.
La urgencia de formar estos sujetos críticos es especialmente evidente no solo en campos como la educación (ver Apéndice B) sino en los de la comunicación, la ciencia, la filosofía y la psicología aplicados al nuevo paradigma.
Sin embargo, un lector crítico podría preguntarse si acaso un solo actor, un individuo, puede cambiar el estatus quo.
La respuesta es que el Sujeto Curador es más que un rol individual; es una postura colectiva.
Representa la capacidad de la sociedad toda —a través de sus estructuras económicas, políticas, sociales, culturales, educativas— de actuar como un curador consciente, diseñando, guiando y asumiendo la responsabilidad del ecosistema algorítmico que estamos construyendo.
Fragmento del ensayo Inteligencia algorítmica abductiva: emulación semiótica
Un viaje a la «verdadera conciencia» de la IA
