En Augere: la muerte del autor decíamos que “antes de que pudiera formularse, por ejemplo, un concepto sobre las diferencias entre los colores del arcoíris, determinadas variaciones cromáticas tuvieron que adquirir relevancia para ese humano. Las diferencias no adquieren valor semiótico por su sola existencia, aunque pueden constituir posibilidades de significación. Si algo no ha entrado jamás en una relación de relevancia con un ser humano, ese algo todavía no existe como significación realizada”.
Esto nos obliga a preguntarnos qué ocurre con el output, en particular con la continuidad de las unidades de sentido correspondientes a las materializaciones humanas transducidas a datos. ¿Son estas unidades de sentido inmanentes al output? ¿Sobrevive esa unidad de sentido a la transducción, al tránsito por el Dominio Algorítmico? Ya inferíamos que no. La continuidad de la unidad de sentido como tal no sobrevive al nuevo régimen. Lo que persiste son regularidades operacionales derivadas de materializaciones a las que esa unidad de sentido estuvo históricamente adscrita.
A partir de la tokenización, el modelo de lenguaje trabaja con patrones aprendidos y no con las condiciones de posibilidad que permitieron la existencia de las materializaciones y de su unidad de sentido.
Tras la decodificación lo que el humano recibe es el resultado de esa regularidad operacional derivada, de ahí que aun cuando el output contiene determinados patrones identificables por el humano no es hasta que entra en relación con este que alcanza la condición de significación realizada y tenga lugar un nuevo acto de significar.
La fractura semiótica que vimos en “Augere” es observable al analizar las instancias concretas producidas por el modelo de lenguaje. La transducción no destruye toda continuidad. Sin embargo, fractura la continuidad semiótica entre la unidad de sentido y sus condiciones constitutivas.
No por gusto decimos en Augere:
[…] este procedimiento muestra la discontinuidad semiótica a la que es sometida la materialización. El sistema no recibe el encuentro contingente con el león, la subjetividad empírica para la cual adquirió relevancia ni la unidad de sentido constituida en aquella relación. Recibe la materialización transducida y ajusta sus parámetros a partir de las regularidades que encuentra en ella.
