Afirmamos que ninguna materialización surge de la nada. Toda materialización proviene de un acto de significar.
Es decir, algo ha tenido que adquirir relevancia antes de existir como escritura. Ya sea una experiencia, un recuerdo, una necesidad, una observación o incluso una pregunta.
En Augere: la muerte del autor parto precisamente de esa premisa: del acto de significar para explicar las diferencias fundamentales que existen entre el Dominio Humano y el Dominio Algorítmico en cuanto a producción de significado.
No me refiero solamente al momento en que elegimos una palabra. Me refiero a algo anterior y más amplio: al acontecimiento en el que, desde nuestra relación con el mundo, algo adquiere inteligibilidad o relevancia para nosotros y luego podrá llegar a exteriorizarse o no.
Pensemos en una palabra muy simple: león.
Podemos pronunciarla, escribirla a mano, imprimirla o pintarla en un mural. Cada una de esas apariciones es materialmente distinta. Sin embargo, todas contienen algo en común, y es que, cualquiera que sea la forma en la que se materialice, esa expresión mantiene una continuidad de sentido.
Esto ocurre porque existe una historia anterior.
Hubo seres humanos que establecieron antes relaciones con aquello que nombramos león. Es decir, se dieron determinados acontecimientos que propiciaron la existencia de experiencia, transmisión cultural, lenguaje y memoria. Y, por supuesto, también ocurrieron sucesivas reinscripciones de esa palabra sin que el primer acontecimiento que dio lugar a ella estuviera presente, aunque vale aclarar que en cada reinscripción hubo actos de significar como condición de posibilidad y relaciones.
En síntesis, lo que quiero expresar es que, antes del dato, hubo mundo y nexos intrínsecos a ese mundo vivido, experimentado.
Ahora estamos en presencia de un nuevo acontecimiento.
Nuestros textos, nuestras imágenes y otras materializaciones humanas pueden ser transducidos a datos y entrar a un sistema algorítmico que, luego de procesarlos operacionalmente, genera un output en lenguaje natural, cuya apariencia es casi exacta o coincidente con las materializaciones a las que habitualmente hemos sido expuestos.
Cuando la palabra león entra a un modelo de lenguaje, es tokenizada. Se convierte en unidades que el sistema puede procesar numéricamente.
En términos semióticos, ha ocurrido una fractura en la continuidad entre el acto de significar, sus condiciones de posibilidad y la materialización transducida.
En primer lugar, porque esta entra en un régimen distinto, regido por otras reglas, donde aquellas relaciones y condiciones de posibilidad que hicieron posible la materialización original ya no operan como tales. Por citar solo un ejemplo: allí donde en el Dominio Humano hubo experiencia vivida, en el régimen algorítmico encontramos cálculo, correlación y convergencia de patrones en un espacio vectorial.
Además, el modelo de lenguaje no mantiene una relación propia con la Segundidad, con el choque de lo real.
Para profundizar en esto que decimos, traemos la siguiente cita de Augere:
«En el ámbito de la práctica y de la experiencia humanas, para que pueda concretarse una explicación, formularse un concepto o una teoría, constituirse un sentido e incluso surgir una intención, algo ha debido adquirir relevancia para un humano situado. No hablamos de una sucesión de hechos encadenados según un orden cronológico, sino de un acontecimiento constitutivo. Esa relevancia acontece en la relación de un ser corporal, necesitado, histórico y social con su mundo.
La actualización de un Interpretante forma parte de ese acontecimiento, pero no lo agota. Entra al universo de las relaciones y condiciones de posibilidad semióticas desde el cual podrá tener lugar un nuevo acto de significar.
Esta es la clave para entender que, antes de que pudiera formularse, por ejemplo, un concepto sobre las diferencias entre los colores del arcoíris, determinadas variaciones cromáticas tuvieron que adquirir relevancia para ese humano. Las diferencias no adquieren valor semiótico por su sola existencia, aunque pueden constituir posibilidades de significación. Si algo no ha entrado jamás en una relación de relevancia con un ser humano, ese algo todavía no existe como significación realizada».
De ahí que en Augere distinga dos formas de presente. Al primero lo llamo presente constitutivo.
Es el acontecimiento relacional en el que algo adquiere relevancia para un humano situado: corporal, histórico, social, atravesado por experiencias y relaciones con su mundo.
Al segundo lo llamo presente operacional.
Es la actualidad computacional en la que se ejecutan operaciones sobre datos y se modifican estados internos.
Esta diferencia es importante porque solemos observar el resultado final y atribuirle a ese resultado un presente constitutivo que este no tiene.
Y, además, introduzco el concepto: recurso significado.
Con esta expresión no me refiero simplemente al texto disponible para entrenar un modelo.
Me refiero al conjunto de relaciones, condiciones de posibilidad y materializaciones que hicieron posible que ese significado existiera previamente en el Dominio Humano.
Esa diferencia está en el centro de Augere.
Porque cuando el output regresa a nosotros carece, por sí mismo, de relevancia y de las condiciones de posibilidad que permitirían que esta surgiera en una relación propia con el mundo. Esa condición solo se alcanza cuando el humano le coloca su mundo. Entonces, solo entonces, habrá comenzado un nuevo acto de significar.
Quizá por eso la pregunta no sea solamente qué hace la inteligencia artificial con nuestro recurso más preciado, el significado.
Quizá debamos preguntarnos también cuál es la naturaleza de aquello que nos devuelve la máquina y cuánto le aportamos al recibir el output.